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Tener derecho a la cultura es también poder hacerla

Hablar de derechos culturales implica ir más allá del acceso a bienes, servicios, equipamientos o programaciones. Poder asistir a un concierto, visitar un museo o utilizar una biblioteca forma parte de esos derechos, pero no los agota. La cultura no es únicamente algo que unas personas producen y otras reciben. También es un espacio en el que construimos relatos, expresamos identidades, compartimos conocimientos, establecemos relaciones y participamos en la vida colectiva.

Ejercer los derechos culturales significa, por tanto, tener posibilidades reales de crear, expresarse, producir, organizarse, cooperar y participar. Supone reconocer a las personas como públicos de una oferta cultural, pero también como agentes capaces de impulsar iniciativas, construir espacios, desarrollar proyectos y formar parte de las decisiones que afectan a la vida cultural de sus territorios.

El derecho a la cultura puede dejar de entenderse únicamente como el derecho a acceder a aquello que otros producen y convertirse también en la posibilidad efectiva de crear, organizarse y participar en la construcción de la vida cultural.

Esta diferencia es importante. Una sociedad puede contar con una programación abundante, buenos equipamientos y altos niveles de consumo cultural y, al mismo tiempo, ofrecer pocas posibilidades para que una persona convierta una idea en un proyecto, encuentre un espacio donde desarrollarlo, se organice con otras o acceda a los recursos necesarios para sostenerlo. Garantizar el acceso es clave. Pero una democracia cultural exige también ampliar la capacidad de la ciudadanía para hacer cultura.

Fortalecer el tejido cultural tiene que ver precisamente con esa capacidad de acción. Requiere recursos y financiación que permitan desarrollar proyectos, remunerar el trabajo y sostener procesos en el tiempo. También exige crear mejores condiciones para que personas, colectivos y organizaciones puedan desarrollar sus propias iniciativas, tomar decisiones con mayor autonomía, construir relaciones y dar continuidad a sus procesos.

La capacidad de acción depende de muchos factores. Depende de los conocimientos disponibles, de las herramientas para diseñar y gestionar un proyecto, de la posibilidad de acceder a financiación y espacios, de la fortaleza de los equipos y de las relaciones que permiten encontrar colaboraciones, aprendizajes y nuevas oportunidades. También depende del contexto en el que esas iniciativas trabajan. Un proyecto puede estar bien planteado y contar con un equipo preparado, pero encontrar enormes dificultades si no existen espacios accesibles, si la financiación es inestable o si las políticas culturales no reconocen determinadas formas de organización y participación.

Por eso fortalecer el tejido implica trabajar al mismo tiempo sobre las capacidades de quienes hacen cultura y sobre las condiciones que permiten que esas capacidades puedan desarrollarse. Se trata de ampliar la autonomía de los agentes culturales, facilitar la circulación de conocimientos y recursos, mejorar sus posibilidades de cooperación y acceso a oportunidades y generar entornos que permitan que una mayor diversidad de iniciativas pueda aparecer, crecer y sostenerse en el tiempo.

Esta perspectiva nos lleva a una pregunta que hace tiempo venimos haciéndonos en Fes! Cultura. ¿Dónde podemos actuar para fortalecer el tejido cultural? Si la capacidad cultural de un territorio depende de múltiples factores, parece claro que necesitamos trabajar en más de una escala.

La primera son los proyectos. Muchas iniciativas comienzan con una idea, una práctica artística o una necesidad detectada en un territorio. Para convertirlas en proyectos viables hacen falta conocimientos, herramientas, acompañamiento, recursos, redes y oportunidades. Fortalecer esta escala significa aumentar la capacidad de personas y colectivos para tomar decisiones, planificar, organizarse y construir propuestas sostenibles.

La segunda son las organizaciones. Los proyectos necesitan estructuras que permitan darles continuidad. Asociaciones, cooperativas, fundaciones, empresas culturales y otros equipos acumulan conocimientos, sostienen relaciones y hacen posible que una iniciativa no dependa permanentemente del esfuerzo de unas pocas personas. Trabajar sobre su estrategia, organización, gobernanza, sostenibilidad y alianzas permite consolidar esa capacidad colectiva.

La tercera son los ecosistemas. Incluso proyectos sólidos y organizaciones fuertes encuentran límites cuando el entorno en el que operan dificulta su desarrollo. Administraciones, instituciones, equipamientos y redes tienen capacidad para modificar esas condiciones mediante políticas, programas, financiación, acceso a espacios, mecanismos de participación, activación de redes y formas de reconocimiento más abiertas a la diversidad cultural existente.

Fortalecer el tejido cultural exige relacionar estas tres escalas. Aumentar la capacidad de quienes impulsan proyectos, consolidar las organizaciones que los sostienen y mejorar las condiciones en las que desarrollan su actividad. Solo así el derecho a la cultura puede dejar de entenderse únicamente como el derecho a acceder a aquello que otros producen y convertirse también en la posibilidad efectiva de crear, organizarse y participar en la construcción de la vida cultural.

Por: Diego Salazar

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